Yo es que flipo escuchando sandeces a favor de la Sábana Santa. Ahora resulta que un tal Thomas McAvoy ha publicado un estudio llamado «On Radiocarbon Dating of the Shroud of Turin» (Sobre la datación por radiocarbono de la Sábana Santa de Turín), en el International Journal of Archaeology. Lo que nadie dice es que la revista International Journal of Archaeology (de Science Publishing Group) ha sido cuestionada en círculos académicos por sus procesos de revisión por pares. Muchos científicos consideran que este tipo de artículos no pasarían el filtro de revistas de física o arqueometría de primer nivel (como Nature o Journal of Archaeological Science).
Thomas McAvoy aborda la discrepancia entre la datación por radiocarbono (C-14) de 1988, que indicaba que la Sábana Santa era de origen medieval (entre 1260 y 1390 d.C.), y otras evidencias históricas y científicas que sugieren que es mucho más antigua.
McAvoy examina la hipótesis de Phillips, la cual propone que el cuerpo envuelto en la tela emitió una ráfaga de radiación de neutrones en el momento de la formación de la imagen. Esta radiación habría causado dos efectos principales:
1. Alteración del Carbono-14: Habría creado nuevos átomos de C-14 en la tela, lo que haría que el análisis de radiocarbono diera una fecha mucho más reciente de la real.
2. Producción de Cloro-36: Habría generado este isótopo radiactivo en la tela.
La sorpresa de este estudio es el análisis de la fluorescencia UV de la sábana. El autor utiliza datos de estudios previos que muestran que la intensidad de la fluorescencia no es uniforme en toda la tela:
1. El lado derecho fluoresce más que el izquierdo.
2. El lado dorsal (la espalda) fluoresce más que el lado frontal.
3. La mayor intensidad se encuentra en el centro de la parte dorsal.
Pero ahora viene lo bueno, el estudio de McAvoy es un análisis estadístico y computacional. Él no tomó muestras físicas de la Sábana Santa para medir neutrones. Lo que hizo fue:
1. Tomar los datos de fluorescencia UV de 1978.
2. Tomar los datos de las fechas de radiocarbono de 1988.
3. Superponerlos y decir: «Miren, coinciden matemáticamente».
Los defensores de la «hipótesis de los neutrones» (como Thomas Phillips o Thomas McAvoy) argumentan que, si el cuerpo de Jesús emitió una ráfaga de radiación en el momento de la resurrección, esa radiación habría convertido parte del Cloro-35 presente en el lino en Cloro-36. Por lo tanto, dicen que medir el Cloro-36 «probaría» que hubo radiación y que el Carbono-14 falló.
Pero este defensa tiene varias inconsistencias.
Entre 1950 y 1960, las pruebas de armas nucleares en la atmósfera inyectaron enormes cantidades de Cloro-36 en el medio ambiente global. Cualquier objeto expuesto al aire desde entonces tiene rastros de este «pulso» nuclear. Sería imposible distinguir si el Cloro-36 de la sábana viene de un evento del siglo I o de la contaminación atmosférica moderna de la era nuclear.
Otro fallo. El lino de la Sábana Santa no es cloro puro. A lo largo de los siglos, la tela ha sido manipulada por miles de personas (el sudor humano es rico en cloro). También ha sido lavada y restaurada. Ha sido expuesta a humo de velas, incendios y humedad ambiental. Todo ese cloro «extra» de origen desconocido haría que cualquier medición de Cloro-36 fuera «ruido» estadístico sin valor.
Si la tela estuvo extendida sobre una superficie sólida (como una madera o una losa) para recibir la imagen, la parte de abajo (dorsal) habría tenido una interacción química diferente con el soporte o los residuos acumulados, lo que explicaría la diferencia en la fluorescencia UV que detectó el estudio de McAvoy.
McAvoy se olvida de que la luz ultravioleta y solar sí altera el lino y sí puede crear patrones de fluorescencia. Los análisis del proyecto STURP (1978) mostraron que la imagen no tiene pigmentos, ni aceites, ni barnices. Es el resultado de una oxidación y deshidratación ácida de las fibras más superficiales del lino. Esto encaja con una exposición prolongada al sol o a ciertos químicos, lo cual vuelve a demostrar mi teoría de que estamos ante algún tipo de cianotipia medieval, una proto-fotografía en la que una sábana emulsionada estuvo expuesta al Sol durante horas, recibiendo fotones a través de las partes no oscurecidas de la pintura que estaba sobre el vidrio que cubría la Síndone. Cuando los fotones de alta energía (rango ultravioleta del sol) golpearon las fibras de lino, no cambiaron el átomo de carbono, pero sí rompieron sus enlaces químicos, deshidratándola; ya que los fotones rompen las moléculas de agua y alcoholes presentes en la celulosa. Es más, producen oxidación, ya que crean nuevos grupos de átomos llamados cromóforos (carbonilos y carboxilos). El resultado es un lino que se vuelve amarillo o marrón pajizo. Esta es exactamente la composición química de la imagen de la Sábana Santa.
Un nuevo artículo de Thomas McAvoy, publicado en 2025 en el International Journal of Archaeology (vol. 13), parece ser una continuación directa o una evolución de sus estudios anteriores, centrada precisamente en que se trata de radiación solar (fotones) en lugar de solo neutrones.
McAvoy concluye en este estudio que existe una correlación estadística significativa que sugiere que un evento radiante (como la luz solar intensa) afectó la tela de manera desigual, siendo más fuerte en unas zonas que en otras.
Pero es que lo curioso es que McAvoy se invalida solo, ya que añade que la exposición prolongada a la radiación solar y a los contaminantes ambientales (efecto de fraccionamiento isotópico) podría haber alterado la proporción de C-14 en la tela. El artículo discute la posibilidad de que la Sábana fuera expuesta de una manera similar a una cámara oscura natural o mediante un proceso de exposición solar prolongada. Analiza así cómo los fotones interactuaron con la celulosa del lino para crear la oxidación superficial que vemos hoy.
McAvoy atribuye la formación de la imagen a un proceso de radiación (posiblemente solar) que causó la deshidratación y oxidación del lino, insistiendo en que la datación de 1988 no es fiable porque los laboratorios no tuvieron en cuenta este «gradiente de radiación» que sesgó los resultados hacia la Edad Media.
Vamos, que el propio autor (que antes se centraba en neutrones) ahora dedica un estudio entero a la radiación solar, admitiendo que es un mecanismo físico mucho más plausible para explicar la fluorescencia y la imagen.
Pero claro, sigue vendiendo más la superchería de la resurrección de Jesús. ¿Y para qué van a consultar a un experto en fotografía como un servidor, quien ha escrito un libro llamado «Cómo se falsificó la Sábana Santa» con la editorial Guante Blanco, si es preferible seguir argumentando mamarrachadas que venden mucho más que la ciencia?
Y seguimos con la ucronía
El estudio más reciente publicado por Thomas McAvoy ha sido el de junio de 2025. El artículo se titula «Artificial Intelligence Analysis of Images of the Shroud of Turin» (Análisis mediante Inteligencia Artificial de las Imágenes de la Sábana Santa de Turín), publicado en la misma revista que el anterior (International Journal of Archaeology, Vol. 13).
En este estudio, McAvoy cambia su metodología tradicional por el uso de reconocimiento de patrones y procesamiento de imágenes por IA. Específicamente, aplica una técnica llamada Análisis de Componentes Principales (PCA) tanto a fotografías de luz visible como a imágenes de fluorescencia inducida por UV.
El autor sostiene que la IA ha detectado que la intensidad de los píxeles en la tela codifica datos tridimensionales de forma intrínseca. Según su estudio, al procesar matemáticamente la intensidad, se obtiene un efecto de relieve o mapa de altura. McAvoy argumenta que esto es una prueba a favor de la hipótesis de la radiación, ya que afirma que la radiación es el único mecanismo capaz de generar esa información 3D tan precisa en las fibras superficiales sin penetrar en el tejido.
Pero McAvoy parece obviar ciertas cuestiones, ya que está utilizando fotografías de 1978 y escaneos de alta resolución posteriores. Eso quiere decir que estas fotos ya han pasado por procesos de revelado, digitalización y ajuste de contraste. La IA no está analizando la «tela original», sino una representación digital que ya tiene sombras y brillos alterados. Si la foto original tiene un contraste exagerado por la lente, la IA interpretará eso como un «salto de radiación» que en realidad no existe físicamente.
El argumento central de McAvoy es que la IA detecta «información 3D» que solo la radiación podría crear. Sin embargo, esto es un error común en el procesamiento de imágenes, ya que cualquier software de IA puede convertir el brillo de un píxel en una coordenada de altura (Z). Incluso lo hace el filtro de Relieve 3D del conocido software de edición de fotos de Adobe Photoshop.
Una fotografía de una cara iluminada de lado también genera un «modelo 3D» si mapeas las sombras, pero eso no significa que la foto sea tridimensional. La IA de McAvoy está interpretando las manchas de oxidación como si fueran relieves físicos, cuando podrían ser simplemente variaciones en la presión de un contacto manual o la intensidad de un fotón solar. Vamos, que cuando entrenas a una IA para buscar «patrones de radiación», la IA encontrará patrones de radiación incluso en el ruido de fondo.
La IA no puede distinguir si el patrón de intensidad fue causado por una ráfaga de fotones o por el contacto físico con una superficie dura esculpida. Para la IA, matemáticamente, el resultado es el mismo.
En conclusión, los estudios de McAvoy no demuestran absolutamente nada, en todo caso reafirman la teoría de que la Sábana Santa contiene radiación solar. Y es que no es necesario acudir a un supuesto «experto» dogmatizado por la fe. ¿Y quién soy yo y qué estudios tengo para poner en evidencia todos estos fallos? Pues aparte de licenciado en Ciencias de la Información, un servidor tiene una ingeniería técnica de Sistemas Informáticos por la UOC, y desde hace 15 años soy presidente de una asociación fotográfica e imparto cursos avanzados de fotografía. Si con estos datos, alguien considera que no estoy validado para dar mi opinión, pues entonces que se lo haga mirar.


Lluís Companys i Micó, familiarmente conocido como Lluïset, nació el 5 de noviembre de 1911 y fue el primer hijo y único varón del matrimonio entre Lluís Companys y Mercè Micó (el matrimonio tuvo dos hijos, Lluís y Maria). 
Durante el traslado de Lluis Companys i Micó al sur de Francia se produjo un bombardeo alemán sobre la carretera por la que transitaba el convoy y Lluïset se perdió entre los refugiados que atiborraban la zona. Incapaz de hablar y sin documentación, fue inicialmente confundido con un soldado desertor y finalmente ingresado en un psiquiátrico de Limoges, una ciudad que tras el armisticio, quedaría en la zona no ocupada por los alemanes. Fue la desaparición de su hijo lo que hizo que el presidente de la Generalitat renunciara a trasladarse a México, una vez más, donde se encontraba su hija María desde el año anterior.
Mientras tanto, en Francia, Carme Ballester había tratado de encontrar a Lluïset poniendo anuncios en periódicos de la zona no ocupada. Pocos días antes de la ejecución de su marido, recibió una postal enviada por el prefecto de Limoges en el que la informaba de que había una persona que correspondía con la descripción de Lluïset en un hospital psiquiátrico de la ciudad. Como viajar a la zona no ocupada no era factible, Ballester recurrió al sacerdote exiliado y periodista Josep Maria Tarragó, el cual disponía de un permiso para desplazarse entre las dos zonas de Francia. Tarragó viajó a Limoges en torno al 15 de octubre de 1940 y pudo constatar que la persona referida por el prefecto era efectivamente Lluïset, cosa que se le hizo saber a Lluís Companys, poco antes de morir.
A principios de 1942, Lluïset fue ingresado en una clínica psiquiátrica en Saint-Mandé, en los suburbios de París. Carme Ballester, que se había trasladado a vivir a París para estar cerca del enfermo, pagaba sus cuidados. Nunca recibió ninguna ayuda de la madre biológica de Lluís Companys i Micó para atender las necesidades del hijo enfermo del presidente. En la clínica, la enfermedad mental de Lluïset Companys se complicó con una tuberculosis ósea, fruto de la cual le tuvieron que amputar una pierna en 1947. Carme Ballester se ocupó de Lluïset durante esos años, con una abnegación ejemplar. 
El 24 de febrero de 1998, sus restos, junto con los de Carme Ballester, fueron trasladados a Barcelona. Allí recibieron sepultura, el 3 de marzo, en un mismo nicho del cementerio de Montjuïc, casualmente el mismo en el que había estado enterrado el presidente Companys hasta el traslado de sus restos al Fossar de la Pedrera del mismo cementerio, donde se encuentra en la actualidad. Al sepelio asistieron Jordi Pujol, presidente de la Generalitat, Joan Reventós, presidente del Parlamento de Cataluña, y Joan Clos, alcalde de Barcelona.
¿En qué se inspiró el falsificador de la famosa Cara de Bélmez de la Moraleda? Por si hay algún afortunado que nunca ha oído del inexistente misterio, todo comenzó en agosto de 1971. Una mujer (la difunta María Gómez Cámara) descubre en el suelo de su casa un extraño rostro que le recuerda a la Santa Faz que se guarda en la Catedral de Jaén. Por supuesto, los investigadores parece que no dieron con la pista que les había proporcionado la susodicha: ¡la Santa Faz de la Catedral de Jaén! Lo cierto es que no tiene parecido ninguno. Así que ciertos investigadores comenzaron a buscar por otro lado.
Iker Jiménez le ha dedicado múltiples programas televisivos en Cuarto Milenio a las Caras de Bélmez, incluyendo uno donde se decía que la IA certificaba que la famosa cara de la Pava pertenecía a ese guardia civil citado.

Con su histórica misión Chandrayaan-3, la India logró el miércoles 23 de agosto de 2023 un aterrizaje suave controlado en la Luna, convirtiéndose así en el cuarto país que consigue tal hazaña.
El módulo de aterrizaje lunar de India constó de tres partes: un módulo de aterrizaje, un rover y un módulo de propulsión, que proporcionó a la nave todo el empuje necesario para atravesar el vacío de 384.400 kilómetros entre la Luna y la Tierra.
El módulo de aterrizaje, que pesó unos 1.700 kilogramos, y el rover, de 26 kilogramos, estuvieron repletos de instrumentos científicos.
El Apolo XI tardó 5 días en llegar a la Luna, la sonda china Chang’e 4 ha tardado casi un mes. ¿A qué se debe esta diferencia?
El alunizaje de la sonda china ha sido diseñada para visitar la cara oculta de la Luna. Hacerlo es complicado, porque una vez que la sonda pasa por detrás del disco lunar (visto desde la Tierra) se pierden indefectiblemente las comunicaciones: no habría manera humana de ponerse en contacto con la sonda ni para dirigir sus movimientos ni para recoger los datos que proporcione por radio. La solución es que en la misma misión se coloque en órbita lunar un repetidor, un satélite que triangule la señal y haga de puente entre las estaciones terrestres y la sonda, hundida en el lado oculto de la Luna. Este proceso es delicado, y la sonda no podía alunizar hasta que la fase anterior estuviera completamente desplegada, testeada y aprobada. Eso llevó esos días de más.
En general se portaron dignamente, evaluaron todos los aspectos y concluyeron que era real, incluso el gobierno Soviético envió una carta de felicitación a Estados Unidos.
A niveles generales una falta de interés. Sí, gastaron sus buenos billetes en un intento, desarrollaron un gran programa lunar, sin embargo eran pequeños comparados al de Estados Unidos.
Mientras el 100% de la capacidad científica e industrial de EE.UU. se puso a disposición del proyecto, los soviéticos se peleaban y dividían.
Es muy probable que si probaban los motores debidamente, las etapas en pruebas menores, no todo el cohete, incrementando la complejidad lentamente, el N-1 hubiera podido alcanzar el espacio y quizás llegar a la Luna.